A inicios de la década del '60, Pablo Giussani, de la fracción de izquierda del PSA, planteó que los errores estratégicos en que incurrió el socialismo ante la aparición del peronismo no se debían a una desviación programática sino a un pecado original del partido, que nació tempranamente en un país como la Argentina, que por sus condiciones de atraso no reclamaba soluciones socialistas. Por esto y por su concepción abstracta del desenvolvimiento de las relaciones sociales, el PS fue incapaz de interpretar el sentido de la lucha de clases que comenzaba a desarrollarse, lo que derivó en una política de alianzas contraria al desarrollo de la conciencia crítica de los sectores populares. Las respuestas a tal planteo de parte de Torcuato Di Tella y Víctor García Costa reinstalaron en el socialismo el viejo debate librado medio siglo antes entre Juan B. Justo y Enrico Ferri, acerca de la viabilidad objetiva del socialismo en estas tierras y el rol que el Partido Socialista debía asumir en los años venideros.
nueva camada socialista se mostraba convencida de estar ante una “nueva oportunidad histórica” para ligarse con los trabajadores y construir un “verdadero partido de masas”. Entonces, algunos dirigentes históricos, como Alfredo Palacios, Carlos Sánchez Viamonte y Alicia Moreau –y otros de mediana edad como José Luis Romero y David Tieffenberg- se aliaron con los jóvenes izquierdistas liderados por Alexis Latendorf para dar batalla al ghioldismo. Finalmente, en 1958, las tensiones estallaron produciendo la división del PS: los ghioldistas -o “liberales”-, fieles a los “principios de la Revolución Libertadora” se agruparon en el PS Democrático (PSD), y los renovadores en el PS Argentino (PSA), que adicionó a su nombre el lema “recuperado para la clase trabajadora”.
Moderados e izquierdistas en el Partido Socialista Argentino
Si durante los años del peronismo, el PS había podido ubicar fuera de sí mismo las causas del “fracaso”, adjudicándolo al carácter demagógico y represivo del régimen, después de 1955, ese tipo de explicación se mostraba claramente insuficiente. La presencia de una clase obrera que desarrollaba una notable combatividad y que no daba muestras de modificar su identidad política, había ido abriendo paso a la perspectiva revisionista que, en una primera etapa, desembocó en la mencionada ruptura de 1958. En términos generales, dicha perspectiva partía de la reinterpretación del fenómeno peronista en términos de “movimiento popular” y apuntaba a explotar la brecha que presuntamente existía entre los “intereses” de los trabajadores y su “transitoria” adhesión al peronismo.
Una vez superada la conmoción inicial, y ya libres de lo que consideraban el “lastre liberal”, los socialistas argentinos alimentaron la expectativa de convertirse en el polo de izquierda de la oposición al recientemente electo gobierno de Arturo Frondizi. Dos episodios, producidos casi en simultáneo durante 1959, contribuyeron a ello: por un lado, el movimiento huelguístico de ese año -cuyo pico más alto se produjo con los episodios del Frigorífico Nacional “Lisandro de la Torre”-, y por otro, el triunfo de la Revolución en Cuba -proceso que los socialistas venían acompañando desde bastante tiempo atrás.
De modo que el apoyo a las luchas obreras y la defensa de la Revolución Cubana se constituyeron rápidamente en rasgos distintivos del Socialismo Argentino. Aunque desde el punto de vista doctrinario no mostraba demasiada consistencia, el “antighioldismo” y la oposición al gobierno de Arturo Frondizi lo mantenían unido. Pero ello no alcanzaba para definir un perfil propio, ni tampoco para orientarse adecuadamente en un escenario dominado por la agitación sindical y las presiones militares; por otra parte, el Presidente Frondizi no cejaba en su política de “integración” sindical y política de la clase obrera, produciendo una diferenciación cada vez mayor entre “duros” y “blandos” y complicando notablemente la vida interna del Movimiento Peronista, y con ella, la de las fuerzas de izquierda que aspiraban a conquistar a la masa trabajadora a la que consideraban en “en disponibilidad”.
El PSA, firmemente decidido a convertirse en un activo “partido de militantes”, trató de expandir su presencia en el ámbito gremial tomando distancia de los antiperonistas “32 Gremios Democráticos” e iniciando una tarea de actualización teórica y doctrinaria de sus afiliados. Con el fin de borrar los restos de “liberalismo” y “gorilismo” que subsistían en sus filas, la dirección partidaria estimulaba a los centros con frases que invitaban a concebir la militancia como una práctica política “de lucha”, y a dejar atrás las tradicionales costumbres partidarias a las que calificaba como propias de una “academia”.
Pero mientras para el sector moderado del PSA la cuestión se limitaba a salir del “gorilismo”, retomar el perfil de “partido obrero” y apoyar solidariamente a los movimientos antiimperialistas del Tercer Mundo, la corriente de izquierda iba más allá. Según ella, la tarea de renovación no sería completa si no incluía una revisión crítica de la trayectoria del socialismo en la Argentina, sobre todo en lo referente a su relación con los “movimientos populares”. Su proyecto de reinstalar al PSA en el mundo de los trabajadores y en el de la izquierda, implicaba transformarlo en una organización “revolucionaria” y orientarlo hacia la construcción de un “frente de liberación nacional y social”, dentro del cual actuaría como “vanguardia” catalizadora de la energía revolucionaria del pueblo.
Ante la resistencia de los moderados –tildados de “reformistas”-, y para dar la batalla interna, en marzo de 1960 la izquierda comenzó a publicar la revista Situación. Con la mira puesta en el congreso que a fin de ese año discutiría el programa partidario, Situación tuvo dos temas prioritarios: propagandizar la necesidad de que el PSA se comprometiera en la construcción de un “Frente de Trabajadores”, e iniciar la revisión crítica de la historia del PS.
A medida que se internaban en sus propias polémicas, los socialistas argentinos debían afrontar el desafío de encontrar la “fórmula práctica” que les permitiera acercarse a los trabajadores peronistas, sin dejar de ser un partido socialista. Pero, acordar una estrategia adecuada a tal fin, requería de ciertas y delicadas opciones previas que, inevitablemente, dividían aguas: apuntarían a construir un partido “clasista” o apostarían a un frente político-social?; se pronunciarían por la “vía democrático-parlamentaria” o por una de corte “insurreccional”?; cómo se situarían ante la diversidad de corrientes “duras” y “blandas” que se cruzaban en el peronismo?; y finalmente, que tipo de vínculos mantendrían con otras organizaciones de izquierda, en especial con el Partido Comunista (PC) -por entonces el principal partido de la izquierda?.
Una polémica autocrítica
Si bien la crisis de 1958 se había originado en la evaluación crítica de la historia reciente del PS –y en la necesidad de rectificar su línea política-, la revisión y la crítica reconocían grados variables de profundidad. Para los moderados bastaba con salir del “gorilismo” y “llamar” a los trabajadores a incorporarse al PSA. El Partido no les exigiría definiciones doctrinarias que violentaran su actual identidad política, y además se comprometería a utilizar todos los medios institucionales a su alcance para luchar por las reivindicaciones obreras y en contra de la proscripción política. Mientras tanto, se ofrecía como “canal legal” para la expresión electoral de los trabajadores, y sólo si los caminos institucionales se cerraran completamente, contemplaría la posibilidad de aliarse con otros partidos “de base obrera” o de apelar a los “otros medios” previstos en su Declaración de Principios. Ésta era la “fórmula práctica” que los moderados exponían regularmente a través de La Vanguardia –por entonces dirigida por Alicia Moreau- y en publicaciones socialistas no oficiales como la revista Sagitario -dirigida por Carlos Sánchez Viamonte, otro de los miembros del Comité Nacional.
En esa misma revista, pero con otro matiz político, Torcuato Di Tella pensaba la renovación del PSA en el marco más amplio de un proceso de “reorganización de la izquierda democrática” y según una “fórmula” de tipo laborista. Según Di Tella, la hora reclamaba un “cambio de mentalidad” por el cual, la izquierda reconociera que la única “oposición real” –y por lo tanto la “verdadera izquierda”- era la ejercida por la clase obrera, aunque no se definiera como socialista. Según su perspectiva, no podría haber avances desde un punto de vista socialista si no se llevaba la acción política al seno mismo del movimiento obrero creando -sobre la base de los sindicatos- un “Frente de Representación Obrera”. Ése, y no otro, sería el vehículo adecuado para la expresión de los trabajadores, cuya genuina representación y verdadero “estado mayor” se encontraba en los sindicatos. En cuanto a los partidos de izquierda, deberían sumarse a ese esfuerzo sin intentar “sustituir” a los trabajadores; en el caso del PSA, sería preciso que abandonara la inocua idea de que hacía “política socialista” por el hecho de presentar un programa “progresista” y ofrecerse como “representación legal” de los proscriptos.
Si bien un planteo como el de Di Tella era más audaz que el de los moderados, no alcanzaba a entusiasmar a los sectores más radicales del Partido, expresados por Situación. La revista se definía a sí misma como “socialista militante, latinoamericana y marxista, al exclusivo servicio de la clase trabajadora y cerrada para los liberales”, y sus objetivos declarados apuntaban a impulsar el debate interno en pos de alcanzar un perfil “revolucionario” para el PSA, y a encarar un decidido acercamiento a los trabajadores y al peronismo. Su manera de pensar ese acercamiento acentuaba las potencialidades revolucionarias de la experiencia realizada por la clase obrera durante el peronismo, y de manera simétrica, la voluntad de revisar los “errores de la izquierda”.
Los nueve números de Situación ilustran sobre el sostenido esfuerzo de la izquierda por desplazar al Socialismo del ámbito de los “partidos liberal-democráticos” y acercarlo al campo de lo “nacional y popular. Estos elementos estuvieron presentes desde el polémico artículo de Pablo Giussani, “El socialismo: alternativa nacional”, publicado en marzo de 1960, en el nº 1 de Situación, y que causó gran impacto dentro y fuera del PSA. Según el autor, la división de 1958 había expresado algo más que la contradicción con quienes habían desviado al PS de “su doctrina”; en realidad, había sido producto de la lucha entre dos concepciones del socialismo: una que lo entendía como “idea” –y como “docencia”-, y otra que comenzaba a asumirlo como “tarea”. La primera versión correspondía a una larga etapa durante la cual el Partido habría expresado a grupos obreros y núcleos intelectuales afincados en un país que, como la Argentina de entonces, no reclamaba aún de soluciones socialistas, en virtud del tipo y grado de su desarrollo económico. Por esa razón, a diferencia de lo ocurrido en Europa, el socialismo habría sido practicado entre nosotros como “profesión de fe subjetiva de una idea”, y no como “revolución de la realidad”, realidad sobre la que, por otra parte, no estaba en condiciones de incidir. Sin embargo, el PS habría actuado desde su origen “como si” fuese una real oposición, traduciendo las luchas sociales en “lucha de ideas” y embanderándose en una abstracta defensa del parlamentarismo.
Por eso, al producirse el golpe de estado de 1955, el Partido no había podido advertir el nivel ni el sentido alcanzado por la lucha de clases, y había vuelto a “equivocarse de bando” al quedar alineado con lo más criticable que en su momento había tenido el peronismo -el clero, los militares y la burguesía. En opinión de Giussani, el reconocimiento de semejante error había dejado a la militancia del PSA sin una doctrina que le permitiera orientarse, enfrentándolos a una verdadera “crisis de identidad”.
Giussani graficaba el estado de ánimo de la militancia socialista comparándola con la experiencia existencial de la “sensación de vacío”, propia de quien se ha quedado “sin base de sustentación”. Pero agregaba que esa percepción subjetiva del “vacío” se correspondía con un “hueco” objetivamente existente en una realidad nacional que ahora, cuando primera vez reclamaba soluciones socialistas, carecía del instrumento necesario. En su opinión, recién después de 1955 los trabajadores argentinos estaban en condiciones de recorrer un camino similar al transitado por la clase obrera europea de principios de siglo, cuando para poder desempeñar su “función histórica” creó el “órgano” partido. Con palabras que evocaban los argumentos de Ferri, afirmaba que entre nosotros, en cambio, el proceso se había dado de manera invertida ya que el “órgano” había precedido a la “función”: el PS había nacido enemigo del capitalismo en una sociedad “feudal” o “pre- capitalista” que no lo requería.
Al no haber sido expresión de un “reclamo nacional”, el Partido había resultado condenado a ser un partido “abstracto” y a hacer oposición a un sistema para el cual no era alternativa. Por eso, cuando hizo “antiyrigoyenismo” se colocó, “en los hechos”, en el campo del “uriburismo”, y luego durante el peronismo, al no poder trasladar a la realidad su vocación revolucionaria, terminó encerrándose en “la intimidad”: al no poder “hacer” se refugió en sus “hábitos mentales” y convirtió las luchas reales en oposición de ideas (“democracia-totalitarismo”).
Por todas esas razones, la responsabilidad de los socialistas en la historia nacional no consistiría en haber vivido “fuera de la realidad”, sino en haber desempeñado la función propia de la “ficción”, transmutando los problemas objetivos en conflictos superestructurales. De tal modo que, como resultado del “obrar como si” -como si existieran las condiciones adecuadas-, la postura de Ghioldi no debería ser vista como un desvío en la doctrina sino como el “desenlace natural de esa trayectoria” partidaria.
Por todo eso, Giussani dirá que en 1955, a sesenta años de la fundación del PS, cuando por primera vez “la lucha de clases adquirió el carácter de conflicto básico de la sociedad argentina”, el Partido sólo pudo traducirla como contraposición entre “democracia y totalitarismo”. No pudo advertir que recién entonces el socialismo comenzaba a ser “función” de un proceso objetivo de lucha de clases, y que el “miedo a la revolución” existía entre nosotros por primera vez. No entendió que apoyar la proscripción del peronismo era apoyar la proscripción de una clase obrera que, llevada a la derrota por el “nacionalismo burgués”, no tenía otro camino que el de la lucha de clases.
Por eso, la tarea actual del socialismo para con la clase obrera debería consistir en “ir” hacia ella para “extraerla” de aquel marco político, mostrándole que ya no puede haber “revolución nacional” que a la vez no sea “revolución social”. Y respecto de sí mismo, el PSA debía mostrarse –y mostrar- que podía saltar el “abismo” y hacer una verdadera autocrítica, reconociendo que “todos estuvimos con Ghioldi en 1955”.
Pero además, Giussani hacía una advertencia a sus compañeros del PSA: pensaba que la combinación de “conciencia culpable” y falta de doctrina” ponía al Partido ante el riesgo de ceder a la tentación de “mudarse de la Revolución Libertadora al peronismo”. Por eso, en discusión con posturas como las de Di Tella, advertía que si el PSA se lanzaba a la unidad con “todo” el peronismo, sin diferenciar a las direcciones sindicales y políticas “claudicantes”, contribuiría a mantener a la clase obrera dentro de “una estrategia de derrota”, al alentar falsas “soluciones nacionales” y “aderezar” la figura de Perón. Claramente emparentadas con las posiciones de John W. Cooke, por entonces en Cuba, la “fórmula práctica” del grupo de Situación pasaba por la construcción un “frente” que privilegiara la unidad con el sindicalismo combativo y con los “duros” del peronismo, a la vez que castigaba con inusual dureza a la tradición socialista y de izquierda de la Argentina.
Las reacciones
Meses después, en la misma Situación, fue publicado un trabajo de Torcuato Di Tella que puede ser considerado como una réplica a Giussani. Con una interpretación bastante similar del lugar del Socialismo, aunque menos ferozmente crítica con su trayectoria, Di Tella planteaba que la disyuntiva del PSA -y toda la izquierda-, consistía en optar entre un “socialismo ideológico” o un “socialismo político”. Consideraba ilusorio que el PSA apostara a la conquista de las bases de otras organizaciones –es decir, la del peronismo- intentando separarlas de sus dirigentes. Desde su punto de vista, el verdadero peligro que acechaba al PSA era el de convertirse en un grupo ideológicamente radicalizado pero carente de base social, por lo cual insistía en que la única salida realista consistía en la confluencia entre “los intelectuales de izquierda” y el movimiento obrero –intentando la construcción de un “partido unificado”.
De un tono diferente fue la respuesta que provino de los sectores moderados, para quienes la autocrítica no implicaba mucho más que volver a anclar la política partidaria en la Declaración de Principios y en dejar atrás los oscuros años de colaboración con la “política antiobrera” de la “Revolución Libertadora”. Tal vez algunos podían compartir con la izquierda el argumento que diferenciaba los intereses de los trabajadores de su “transitoria” identidad política; también podían acercarse a una perspectiva de tipo “laborista” que apelara a los sindicatos para avanzar hacia el socialismo mediante un “método gradualista”. Pero se resistían con todas sus fuerzas a la idea de confluir políticamente con el peronismo, ante el temor de diluir su identidad partidaria y desertar de lo que entendían como la misión histórica del Socialismo. Menos aún podían suscribir la visión de la historia y del papel del PS que había sido presentado por Situación. Víctor García Costa, desde Sagitario, contestó en dos extensas notas publicadas bajo los sugestivos títulos de “La sinrazón del Socialismo” y “Cómo se traiciona a la clase obrera”. En ellas criticaba la cercanía de Giussani con la tesis de Enrico Ferri en lo relativo al “prematuro” nacimiento del PS, y además, que encerrara la historia en un rígido “esquematismo” desde el cual se permitía ignorar la rica labor realizada por el PS en el país. En su opinión, Giussani acusaba al Partido del pecado de “haber existido” y de no haberse diluido en el yrigoyenismo o en el peronismo.
Desde el punto de vista de García Costa, si bien el primero de dichos movimientos podía ser considerado como el triunfo de un “estado de ánimo” popular -el “hastío” frente al régimen conservador-, debía tenerse en cuenta que había carecido de rasgos que lo aproximaran a un movimiento obrero o de izquierda, y que por lo tanto, era lógico que el PS no se hubiese aliado a él ni se sintiera responsable por su fracaso. Con argumentos similares, se preguntaba si en caso de haberse acercado al peronismo, el PS hubiese tenido otro destino que el de la absorción o disolución, tal como ocurriera con las fuerzas políticas que sí lo hicieron. Por eso, para el autor, insistir en la política “frentista” invocando una supuesta “perspectiva nacional”, llevaría al PSA a diluir su carácter “clasista” y a atarse a posiciones “populistas”. Y llamar “tradición de errores” a la trayectoria del socialismo en la Argentina, equivaldría a una traición inspirada en el oportunismo de querer captar “el contenido masivo” del peronismo.
Así, después de medio siglo de historia, una nueva generación socialista miraba al futuro retomando los argumentos de Ferri e interiorizando muchas de las críticas que su partido había recibido. A tono con el espíritu propio de los sesenta, la izquierda socialista consideraba que la crisis del PSA no se resolvería en el plano de los “principios” y “ideas”, sino en el de las “fórmulas prácticas”. Sus militantes se declaraban “impacientes por ser un grupo de acción” capaz de dar cauce a la “apremiante voluntad práctica” que veían florecer sobre todo en la juventud del Partido. La amalgama entre conciencia del “fracaso histórico”, sentimiento de “culpa” y convicción de hallarse ante una “nueva oportunidad” generó en ellos una intensa ansiedad política -apurar el encuentro entre los trabajadores y el socialismo- en la que puede reconocerse el gesto inicial de la “nueva izquierda” argentina.
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